La seguridad privada ya tiene inteligencia artificial. Ahora solo falta encontrar la natural

(Por Vigilante Enfurecido) – Mis queridos gorrioncillos de la seguridad privada, dicen que el sector está viviendo una revolución tecnológica. Robots patrullando, drones sobrevolando instalaciones, inteligencia artificial analizando amenazas y centros de control capaces de anticiparse a cualquier incidente. Maravilloso. Yo sigo esperando que alguien consiga que el walkie tenga cobertura en el sótano. Pero no seamos negativos. El futuro ha llegado y debemos recibirlo con entusiasmo. Sobre todo porque ahora podremos hacer exactamente lo mismo de siempre, pero con ocho contraseñas más.

Bienvenido al vigilante 5.0

Antes eras vigilante de seguridad. Ahora eres un operador multidisciplinar de entornos inteligentes, especialista en gestión de eventos, analítica predictiva y resiliencia operativa. Suena bastante mejor, ¿verdad?. Luego llegas al servicio y te encuentras una silla vintage que cruje, un ordenador que tarda siete minutos en arrancar y una impresora que lleva tres semanas anunciando que no tiene tóner.

Pero tranquilo, compañero. Estás participando en la transformación digital del sector. Antes apuntabas las incidencias en una libreta y ahora las introduces en una aplicación que se cuelga cuando intentas adjuntar una fotografía. Eso sí, la aplicación tiene un nombre en inglés.

El robot que viene a quitarte el trabajo

Uno de los grandes protagonistas de esta nueva era es el robot de vigilancia. Un aparato estupendo que patrulla instalaciones, lleva cámaras, detecta obstáculos y transmite imágenes en tiempo real. Dicen que puede funcionar durante horas sin cansarse. Ahí ya empieza a tener ventaja sobre nosotros. Tampoco pide vacaciones, no protesta por los cuadrantes y jamás pregunta por qué le han cambiado el turno con doce horas de antelación. Es el empleado perfecto. Aunque me gustaría verlo un sábado a las tres de la madrugada, intentando explicarle a un transportista enfadado que no puede entrar porque su matrícula no aparece en el sistema.

—Acceso denegado. Vehículo no autorizado.
—¡Pero si llevo viniendo aquí quince años!
—Acceso denegado.
—¡Llama a tu jefe, hombre!
—Error 404. Jefe no encontrado.

Pensándolo bien, el robot podría adaptarse perfectamente al sector.

La inteligencia artificial contra la inteligencia de toda la vida

Otra maravilla es la inteligencia artificial aplicada a videovigilancia. Ahora las cámaras pueden detectar personas, vehículos, movimientos extraños y comportamientos potencialmente sospechosos. Fantástico. El problema empieza cuando la cámara decide que una bolsa de plástico movida por el viento representa una amenaza crítica para la seguridad nacional. Y allá vamos. Alarma. Verificación. Informe. Tres minutos después, otra bolsa. Alarma. Verificación. Informe.

Al cabo de dos horas has gestionado cuarenta y siete amenazas, todas procedentes del departamento de residuos ligeros. Mientras tanto, el individuo que realmente está haciendo algo sospechoso pasa tranquilamente por una zona que nadie configuró porque el técnico se fue de vacaciones. La inteligencia artificial puede ser extraordinaria. La cuestión es si alguien ha tenido la inteligencia natural de configurar correctamente el sistema.

Los drones: ahora también miramos al cielo

La llegada de los drones a la seguridad privada abre posibilidades fascinantes. Imagina poder inspeccionar un perímetro de varios kilómetros sin tener que recorrerlo entero. Una cámara térmica, visión aérea y transmisión de imágenes al centro de control. Magnífico. Hasta que alguien descubre que para volar legalmente hacen falta formación, procedimientos, planificación y, dependiendo de la operación, determinados requisitos y autorizaciones. Entonces aparece el responsable de compras.

—¿Y no podemos comprar uno de esos pequeños que venden por internet?.

Claro. Y de paso compramos una sirena de juguete y declaramos la instalación protegida por la OTAN. La tecnología cuesta dinero. La formación también. Y ahí es donde algunas revoluciones empiezan a perder velocidad.

El centro de control inteligente

Este es mi apartado favorito. Los nuevos centros de control prometen integrar cámaras, alarmas, accesos, sensores y procedimientos en una única plataforma. Una alarma salta y el sistema muestra automáticamente la cámara correspondiente. Todo conectado. Todo automatizado. Todo maravilloso. Hasta que el sistema se bloquea y alguien pronuncia la frase más temida de la seguridad tecnológica:

«¿Has probado a reiniciarlo?»

Y allí estás tú, operador del futuro, con setenta cámaras, cuatro aplicaciones abiertas, dos teléfonos sonando y un señor en la barrera diciendo que tiene mucha prisa. El futuro de la seguridad privada cabe en una pantalla. El problema es que nadie ha pensado qué ocurre cuando esa pantalla se queda negra. Sobre ese asunto tenemos una guía de ciberseguridad en el centro de control que no necesita reiniciarse para ser útil.

La formación: ese pequeño detalle

Los expertos aseguran que el vigilante del futuro necesitará nuevas competencias: ciberseguridad, drones, inteligencia artificial, sistemas integrados y análisis de riesgos. Estoy de acuerdo. Lo que me gustaría saber es cuándo vamos a aprender todo eso. Porque entre los turnos, las incidencias, los cambios de cuadrante y los cursos que a veces parecen diseñados para cumplir expediente, el margen para convertirse en especialista tecnológico no siempre es abundante. Pero no desesperemos. Siempre podemos organizar una jornada formativa de veinte minutos sobre inteligencia artificial. Con una presentación de PowerPoint. Y un cuestionario al final. Enhorabuena: ya somos vigilantes híbridos.

El futuro será inteligente. El presente, ya veremos.

Que nadie me malinterprete. Estoy a favor de la tecnología. Muchísimo. Una cámara bien configurada puede evitar problemas. Un dron puede facilitar una inspección. Un robot puede ayudar en tareas repetitivas. Y un centro de control bien diseñado puede mejorar enormemente la respuesta ante incidentes. Pero antes de vendernos la seguridad del año 2050, quizá convendría solucionar algunas cosas del año 2026: que los equipos funcionen, que los operadores reciban formación, que los procedimientos tengan sentido y que cuando alguien comunique una incidencia exista una persona capaz de tomar una decisión.

No necesitamos tecnología para aparentar que somos modernos. Necesitamos tecnología que sirva para algo. Y mientras llega esa revolución, aquí seguimos. Con nuestra linterna, nuestro walkie, nuestra TIP y una extraordinaria capacidad para resolver problemas que ningún algoritmo había previsto.

Por cierto, acaba de saltar otra alarma. Es una paloma. Otra vez.

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