(Por Jose Antonio Domínguez Silgado) – Hay algo más peligroso que una crisis visible: una que no hace ruido. En la seguridad privada no hay huelgas masivas, no hay titulares constantes, no hay trending topic… pero hay algo peor: sillas vacías que antes ocupaban profesionales que sabían exactamente qué hacer cuando todo iba mal.
Sí, está pasando.
Y no, no es casualidad.
El vigilante veterano —ese que sabía leer situaciones antes de que ocurrieran— está haciendo algo revolucionario: irse. Sin drama, sin portazo. Simplemente… encuentra otra opción, respira, y no mira atrás.
El otro día, hablando con un compañero, me lo dijo claro:
“Estoy harto. Quemado.”
Turnos que cambian sin avisar, modificaciones constantes, conciliación familiar inexistente… en fin, lo de siempre, pero ya no cuela.
¿Y qué hizo? Lo que cada vez hace más gente: moverse.
Empezó a buscar y ahora está trabajando como administrativo.
Sin noches. Sin festivos. Con horarios más humanos.
¿Cobra un poco menos? Sí.
¿Volvería? Ni de broma.
Porque cuando alguien te dice que ha perdido salario pero ha ganado vida… el problema no es la persona, es el sector.
Y claro, aparece el invitado estrella: el burnout.
Ese que no se anuncia, pero se instala.
Ese que convierte la vocación en supervivencia.
Lo irónico es que no se están yendo por falta de compromiso.
Se están yendo precisamente porque lo tuvieron durante años.
Cuando por fin descubren que fuera hay algo tan básico como estabilidad, respeto y tiempo para vivir… no es que abandonen el sector: es que el sector los perdió antes.
Y aquí viene lo incómodo:
no es una fuga de talento… es una cesión silenciosa.
Porque el talento no desaparece.
Se recicla.
Se adapta.
Y sobre todo… se marcha a donde sí lo valoran.
La pregunta no es cuántos se han ido.
La pregunta es cuántos más están pensando en hacerlo mientras leen esto.
Compartan sus comentarios