(Por Jose De Jesús Moreira) – Ciudadanos caminando en piloto automático, con la mirada clavada en las pantallas y ajenos a su entorno. Cruzan el vestíbulo del centro comercial o la cola del supermercado inmersos en una ficticia realidad digital. Para esta marea de personas «zombificadas» , el varón del uniforme es invisible, un mero obstáculo en su camino o un elemento más de la urbe. Una figura humana a la que la indiferencia y la falta de empatía han reducido al despectivo apelativo de «segurata». Sin embargo, detrás de esa placa y bajo el yugo de una jornada interminable, hay alguien con vida propia. Hoy quiero hablaros de Remigio.
Remigio no siempre fue la figura en la que nadie parece reparar pese a estar en la entrada. Hubo un tiempo, cuando el oficio se vestía de gala, en el que Remigio fue Vigilante Jurado. En aquellos años, portar el arma en una fábrica de renombre no era un simple trámite administrativo, si no que conllevaba un respaldo jurídico real, un salario que permitía mantener un hogar y el respeto unánime de una sociedad que veía en el uniformado a un profesional respetado que estaba ahí para ayudar.
Sin embargo, con el devenir de los tiempos y actualizaciones regulatorias, se produjo una terrible metamorfosis. Remigio vio cómo su noble chapa de VJ, ganada con esfuerzo, se transformaba inquisitivamente en «la lata de atún» de la que muchos se burlan irónicamente. El cambio de placa no vino solo. Las reducciones derechos laborales llegaron de la mano de las condiciones precarias, y el respeto social, que tanto había costado ganar, se disolvió mucho más rápido. El profesional de la seguridad fue despojado de su mística, arrojado a la bajeza, viendo llegar un porvenir más desdenioso y fiero, siendo vendido al mejor postor por cuatro perras, carne de cañón a merced de empresas pirata y negreros de corbata, y soportando el desprecio soberbio de la masa zombificada que pulula apresurada por la calle.
Quienes le miran por encima del hombro, ignoran que Remigio no es un hombre uniformado que pasa las horas aburrido en una garita. De joven, su deseo era ser abogado, pero los bolsillos de su familia eran estrechos y el dinero no alcanzaba para los libros de leyes. Lejos de rendirse, estudió y se formó como contable. Fue precisamente entre balances y facturas donde conoció a Margarita, el gran amor de su vida.
Se casaron, y el nacimiento de Javier, su primer hijo, descuadró las finanzas de la pareja. Margarita decidió mantenerse al cuidado del hogar, y la imperiosa necesidad de sumar ingresos motivó a Remigio a aceptar un trabajo por horas en el sector de la seguridad. Allí descubrió que su verdadera vocación no era cuadrar números en una oficina, sino proteger y ayudar al prójimo.
Mantuvo a su familia, que pronto aumentó con la llegada de sus hijas, Ana y Rosa, a las que también sacó adelante con el sudor de su frente. Todo trabajando en seguridad. Pero la industria cambió. La gran fábrica donde servía cerró sus puertas y Remigio entró en la rueda de hámster del sector, rebotando de contrata en contrata, sufriendo los vaivenes de convenios colectivos ineficientes y el amiguismo del sector, y así fue dando tumbos hasta que su última empresa, tratándolo como a un recién llegado a pesar de su dilatada hoja de servicios, lo destinó a la puerta de un supermercado.
El zopenco de turno que entra a por la barra de pan y el monster, creyéndose el ombligo del mundo, piensa que Remigio está allí plantado solo para evitar que un muerto de hambre se meta una tableta de chocolate en el bolsillo. Qué osada y estúpida es la ignorancia. Ese señor es, en realidad, el custodio silencioso que hace que todo el tinglado siga en pie, sosteniendo el negocio mientras el mundo hace su vida sin percatarse de que la rueda funciona porque alguen la gira.
Remigio custodia las instalaciones frente al vandalismo y los sabotajes.
Remigio controla que el muelle de carga y el almacén permanezcan inaccesibles al exterior.
Remigio es el primero en detectar una avería técnica o una falla en el protocolo, y es el encargado de activar y derivar la incidencia al departamento correspondiente, ya sea mantenimiento, informática o gerencia.
Remigio es un operativo en primera línea. Para realizar su trabajo a buen nivel, y dar la talla en pleno siglo XXI, este hombre se ha formado (mayormente pagando de su bolsillo) cursos de extinción de incendios, ofimática, cursos de mandos intermedios, primeros auxilios, antiterrorismo, servicio canino y protección de infraestructuras críticas. No es un dummy que se pavonea en uniforme por la entrada. Remigio es un profesional polifacético que, además, cuando tiene que sumar horas a su turno para rascar unas horas extras que alivien la economía familiar, monitorea incidencias en tiempo real mediante CCTV.
Cuando el supermercado baja la reja metálica, la jornada de Remigio no termina. Tras pasar 12 horas de riguroso servicio a base de cafés de máquina para sobrevivir al cansancio y mantener la agudeza mental, empieza su particular calvario. Camina con las piernas entumecidas hasta la estación de autobús. Le esperan 20 minutos de trayecto en un viejo autobús chirriante y otros 10 minutos de caminata a la intemperie hasta el portal de su casa. Allí le aguarda la ducha relajante, una cena rápida y el cuidado de su anciana madre, muy mayor y enferma, a la que atiende con la misma devoción con la que protege su puesto.
Al día siguiente, Remigio volverá a la puerta del supermercado y a la sala de CCTV, y mientras fija sus ojos cansados en el puzzle de pantallas, analizando patrones y detectando conductas anómalas, vendrá un egocéntrico de esos que huelen a colonia cara y conducen un deportivo, pero no han empatado con nadie, o quizás un cliente que ha tenido un mal día y deambula con cara de vinagre, que al verle sentado en la sala de CCTV, con esa superioridad moral que da el no haber tenido que dar el callo en la vida, pensará para sus adentros con un desdén mezquino: «Mira el vago del segurata, cobrando por estar sentado».
La reflexión: Es intolerable que una sociedad que delega su tranquilidad y la protección de sus bienes en profesionales como Remigio, les pague con el insulto, el prejuicio y la indiferencia. Detrás de cada uniforme hay un contable frustrado, un padre de familia, un hijo que cuida a sus padres, un especialista que ha invertido gran parte de su vida en aprender a salvar la tuya.
Ya está bien de infravalorar la profesión. Ya está bien de refugiarnos bajo el yugo de convenios miserables que obligan a hombres de cincuenta o más años a destrozarse la salud a base de turnos maratonianos solo para poder llegar a fin de mes. Dignificar la figura del Vigilante de Seguridad no es una opción de responsabilidad social corporativa, es una IMPERIOSA NECESIDAD ÉTICA.
La próxima vez que os crucéis con un Vigilante de Seguridad, os ruego que levantéis la mirada de la pantalla del teléfono, miréis a los ojos al profesional que vela por vosotros y, al menos, le deis los buenos días. Porque puede que estéis ante Remigio, y os aseguro que su dignidad vale infinitamente más que el céntimo de euro por el que su empresa lo subasta.
¿Y a vosotros, compañeros, os respetan y os dan los buenos días o bien os ningunean como a simples «seguratas»?