(Por Jose Antonio Domínguez Silgado) -Cada vez que llegan las cenas de empresa, me imagino cómo sería la versión “oficial” del sector de la Seguridad Privada. No porque haya asistido a ninguna —ojalá—, sino porque la metáfora es tan evidente que casi se escribe sola.

En un lado del salón estaría la mesa VIP: empresarios, jefes y representantes sindicales brindando por “la estabilidad del sector”. Delante de ellos, un espectáculo gastronómico digno de foto: jamón ibérico, marisco XXL, ostras,.. que parecen recién salidas del mar en limusina y botellas de vino cuyo precio podría financiar la formación anual de medio servicio. Los discursos fluirían entre sorbo y sorbo:
- “Ha sido un año duro, pero hemos avanzado.”
- “Lo importante es el diálogo.”
- “Hay que mantener el equilibrio.”
Todo mientras un carabinero del tamaño de un chaleco reflectante cambia de plato como si fuera parte del protocolo.

Y luego estaría la otra mesa. Sí, esa. La que no necesita cartel porque todos saben cuál es: la de los vigilantes de seguridad. Ubicada estratégicamente en el fondo, donde la iluminación es más humilde que el cuadrante de un festivo.
Allí no hay menú sino plato estrella el cual sería coherente con el espíritu del sector: lentejas. Un clásico. Un símbolo. La metáfora perfecta del “si las quieres bien y si no, ya sabes”.
No haría falta decir nada. No haría falta vivirlo. La escena se explica sola:
- En la mesa principal, marisco, buen vino y celebración
▪️ En la secundaria, cucharas y resignación silenciosa.
▪️ Y entre ambas, un brindis que nunca termina de llegar a los de abajo.
Porque estas cenas —reales o imaginarias— siempre cuentan la misma historia: la de un sector donde el discurso habla de “unidad” mientras el menú habla de “jerarquía”. Donde el valor del trabajo se celebra arriba, pero se sostiene abajo. Donde algunos brindan por el futuro con copa de vino reserva y otros con agua del grifo “para no descompensar el presupuesto”.
Y lo mejor es que ni siquiera hace falta organizar una cena para verlo: basta con mirar un turno, un cuadrante, una negociación o cualquier reunión donde se reparten “platos”. Al final siempre aparece el mismo menú simbólico: los de arriba degustan marisco; los de abajo, lentejas.

Este monólogo no va de comida, sino de contraste. De una fotografía invisible que todos conocemos. De un sector donde el menú dice más que los comunicados. Y de una idea sencilla: quizás algún día, en esta cena imaginaria, no hará falta mirar la mesa para saber en qué lugar estás sentado, si al menos en la mesa secundaria se reparta al menos varios platos de mariscos.
Pero, hasta que llegue ese día… que disfrute cada cual lo que le haya tocado en su plato.