(Por Vigilante Enfurecido) – Mis queridos gorrioncillos de la seguridad privada: hoy vengo a anunciar una decisión histórica. Más trascendental que la firma de un convenio colectivo, aunque reconozco que tampoco era difícil. A partir de ahora, he decidido NO hacer horas extras.
Sí, habéis leído bien. Se acabó. Fin. The End. Que doblen turno los accionistas, que cubra la baja el director general y que el responsable de Recursos Humanos se ponga el uniforme, se abroche el cinturón táctico comprado en Amazon y aguante doce horas dentro de una garita con olor a humanidad recalentada.
Durante años nos han explicado que hacer horas extras era casi una demostración de compañerismo. Una especie de deber moral con la empresa, con el servicio, con el cliente y probablemente con la reconstrucción económica de Europa.
—¿Puedes quedarte cuatro horitas más?
Cuatro horitas. Como quien pide que le sujetes la puerta del ascensor. En seguridad privada, cuatro horas adicionales después de una jornada completa deben de considerarse una actividad recreativa. Algo parecido a echar una partida al parchís, pero de pie, uniformado y preguntándote por qué empiezas a escuchar voces procedentes del extintor.
Pues hasta aquí hemos llegado.
1. Porque mis horas no son de plastilina
Las empresas hablan de nuestro tiempo como si se pudiera estirar indefinidamente.
—Necesitamos que hagas doce horas.
—Pero mi turno es de ocho.
—Ya, pero hay necesidades del servicio.
Las necesidades del servicio son una criatura mitológica capaz de justificarlo absolutamente todo. Aparece cuando falta personal, cuando alguien está de baja, cuando Recursos Humanos no ha hecho su trabajo o cuando la empresa ha ganado un concurso ofreciendo un precio que no permite cubrir el servicio ni aunque los vigilantes se reproduzcan por esporas.
Curiosamente, las necesidades del servicio siempre afectan al trabajador. Nunca provocan que un directivo renuncie a su coche de empresa, que un gerente pierda una comida de negocios o que el cliente pague lo que realmente cuesta la seguridad que exige.
Mi tiempo tiene valor. Aunque el convenio, la patronal y algunos sindicalistas insistan en tasarlo como si fuera fruta golpeada al final del mercado.
2. Porque no quiero financiar con mi salud sus contratos ruinosos
Una empresa se presenta a un concurso, rebaja el precio hasta niveles submarinos y se queda con el servicio. Después descubre, sorprendida, que necesita trabajadores para prestarlo.
¡Qué giro argumental!
Entonces comienzan las llamadas:
—Compañero, estamos muy justos de personal.
No, compañero no. Vosotros estáis muy justos de personal. Yo estoy justo de paciencia.
La falta de plantilla no es una catástrofe natural. No ha ocurrido un terremoto que se haya llevado por delante a tres vigilantes y dos auxiliares. Es el resultado de pagar poco, organizar mal y confiar en que siempre habrá algún desgraciado dispuesto a doblar turno porque necesita llegar a fin de mes.
Las horas extras se han convertido en el respirador artificial de empresas que venden servicios por debajo de lo razonable. Nosotros ponemos el cansancio, la espalda y las ojeras; ellos ponen una presentación en PowerPoint sobre la excelencia operativa.
Negocio redondo. Sobre todo para ellos.
3. Porque cobrar más no significa ganar más
Aquí llega el argumento favorito:
—Pero vas a ganar más dinero.
Claro. Y si vendo un riñón también.
Trabajar 200, 220 o 240 horas mensuales aumenta la nómina, pero no convierte nuestro salario en digno. Solo demuestra que para cobrar una cantidad decente tenemos que entregar a cambio una parte considerable de nuestra existencia.
Un salario digno debería permitir vivir trabajando una jornada normal. Si necesitas pasar más horas en el servicio que en tu propia casa para alcanzar un sueldo razonable, no estás cobrando bien: estás cambiando vida por supervivencia.
Después llegan las nóminas, ese género literario fantástico donde aparecen pluses, complementos, nocturnidades, festividades y horas extraordinarias distribuidos con la claridad de un manuscrito templario.
Uno termina mirando la nómina con una calculadora, tres cafés y la sensación de estar intentando descifrar la contabilidad de una organización criminal.
4. Porque estoy cansado de ser el comodín de Recursos Humanos
En muchas empresas, la planificación consiste en colocar nombres en un cuadrante hasta que todo parezca cubierto. Si falta alguien, se llama al vigilante que nunca dice que no.
Ese vigilante comienza siendo “un tío comprometido”. Después pasa a ser “nuestro hombre de confianza”. Finalmente se convierte en “el gilipollas al que llamamos siempre”.
No hay recompensa real por estar disponible. No te ascienden, no te mejoran las condiciones y ni siquiera suelen recordarlo cuando necesitas tú un cambio de turno.
La empresa posee una memoria selectiva fascinante. Recuerda perfectamente que rechazaste una hora extra hace seis meses, pero olvida los veintisiete turnos que cubriste anteriormente.
Así que he decidido ayudarles a mejorar su sistema de planificación dejando de formar parte de él.
De nada.
5. Porque trabajar agotado también es un problema de seguridad
Un vigilante reventado no trabaja igual. Ve peor, escucha peor, decide peor y tiene menos paciencia. Esto no es ideología sindical ni una teoría revolucionaria escrita en una servilleta: es fisiología básica.
Pero en este sector se habla de seguridad mientras se normalizan jornadas que convierten al trabajador en una cámara de vigilancia con depresión.
Nos dan cursos sobre atención, reacción, gestión de conflictos y prevención de riesgos. Después nos programan turnos con los que uno empieza a ver alucinaciones alrededor de la décima hora.
—Hay que mantenerse alerta.
Sí, hombre. Y si puede ser, levitando.
Cuando ocurra una incidencia grave, nadie escribirá en el informe que el vigilante llevaba acumuladas sesenta horas aquella semana porque la empresa no tenía personal. La responsabilidad caerá sobre el trabajador, que para eso aparece su firma al final del parte.
La fatiga es nuestra durante el servicio y la culpa también cuando algo sale mal. El beneficio, por alguna extraña razón, nunca.
6. Porque el convenio no es una carta de amor
Cada cierto tiempo aparecen los sindicatos firmantes anunciando un nuevo convenio con una solemnidad propia de los acuerdos de paz de Ginebra.
Nos presentan subidas salariales que, después de pasar por la inflación, parecen el redondeo de una compra en el supermercado. Nos explican que ha sido una negociación durísima, llena de sacrificios, reuniones maratonianas y probablemente varios cruasanes sindicales caídos en combate.
La patronal dice que ha hecho un esfuerzo enorme.
Los sindicatos afirman que han conseguido el mejor acuerdo posible.
Y el vigilante continúa calculando cuántas horas extras necesita para pagar el alquiler.
Es maravilloso comprobar cómo patronal y sindicatos siempre encuentran una cifra que consideran responsable, razonable y equilibrada cuando el dinero que se reparte es el nuestro.
Luego nos piden unidad.
Unidad significa que nosotros aceptemos el acuerdo y ellos conserven la foto de la firma.
No digo que todos los sindicatos ni todos los representantes sean iguales. Hay gente honrada dejándose la piel. Pero también existe una estructura sindical demasiado acostumbrada a vender como victoria cualquier convenio que garantice la paz social y mantenga al vigilante exactamente donde estaba: trabajando mucho, cobrando poco y dando gracias porque la pérdida de poder adquisitivo no haya sido todavía mayor.
Una victoria sindical consiste, al parecer, en perder por pocos goles.
7. Porque no quiero vivir únicamente para recuperarme del trabajo
El día libre después de varias jornadas interminables no es realmente un día libre. Es mantenimiento técnico.
Duermes, te duele todo, intentas recordar dónde has dejado tu personalidad y calculas cuánto falta para volver al servicio. No haces vida: reinicias el sistema.
Las empresas hablan mucho de conciliación. Imagino que se refieren a conciliar el sueño en el transporte público después de doce horas trabajando.
Yo quiero utilizar mi tiempo para vivir, descansar, estudiar, hacer deporte, ver a mi familia o mirar una pared si me sale de los cojones. No necesito justificar en qué empleo mis horas libres. Son libres precisamente porque no pertenecen a la empresa.
8. Porque cada hora extra tapa un puesto de trabajo que no se crea
Cuando una plantilla cubre permanentemente el servicio mediante horas extraordinarias, la empresa recibe un mensaje muy claro: no hace falta contratar a nadie.
¿Por qué incorporar más vigilantes si los actuales están dispuestos a trabajar hasta adquirir propiedades fotosintéticas?
La hora extra ocasional puede ser necesaria. Una baja inesperada, una emergencia o una situación excepcional pueden justificarla. El problema aparece cuando lo excepcional figura todos los meses en el cuadrante.
Entonces ya no hablamos de horas extraordinarias. Hablamos de plantilla insuficiente disfrazada de oportunidad económica.
Y mientras nosotros competimos por unas horas para completar el sueldo, las empresas evitan contrataciones y mantienen el servicio funcionando con el mínimo número posible de trabajadores.
Después dicen que no encuentran vigilantes.
Normal. Los buscan debajo de salarios donde no cabe una persona adulta.
9. Porque decir «no» también es defender la profesión
Nos hemos acostumbrado a protestar mucho y aceptar casi todo.
Criticamos el convenio, los salarios, los cuadrantes y la falta de personal. Después suena el teléfono:
—¿Puedes venir mañana?
—¿A qué hora?
La patronal no necesita convencernos de que las condiciones son buenas. Solo necesita que continuemos aceptándolas.
Decir que no a una hora extra no va a transformar el sector ni hará caer un rayo sobre la sede de Aproser. Pero establece un límite. Obliga a la empresa a buscar personal, mejorar la planificación o explicarle al cliente que el servicio contratado no puede cubrirse mediante esclavos intercambiables.
No hacer horas extras no es falta de compañerismo. Falta de compañerismo es mantener plantillas insuficientes y convertir a los trabajadores disponibles en responsables emocionales de que el servicio no se quede descubierto.
Yo no he diseñado el cuadrante, no he presentado la oferta económica y no he firmado el contrato con el cliente. Por tanto, no aceptaré que me coloquen sobre los hombros la supervivencia del servicio.
Mi nueva respuesta oficial
A partir de ahora, cuando me llamen para ofrecerme una de esas maravillosas oportunidades de trabajar mientras el resto de la población duerme, come, celebra fiestas o mantiene relaciones humanas, mi respuesta será sencilla:
—No puedo.
Sin explicaciones. Sin inventarme una cita médica, un compromiso familiar o el funeral preventivo de un pariente.
No puedo porque no quiero. Y no quiero porque ya he comprendido el truco.
La empresa necesita que pensemos que las horas extras son un favor que nos hace. Pero el verdadero favor se lo hacemos nosotros: mantenemos operativo un sistema construido sobre salarios insuficientes, plantillas mínimas y trabajadores agotados.
Así que se acabó.
Que cubran el servicio con planificación, contrataciones y salarios capaces de atraer profesionales. Que los sindicatos firmantes celebren sus magníficos convenios haciendo ellos los turnos descubiertos. Y si la patronal considera que nuestras pretensiones son excesivas, siempre puede aplicar esa flexibilidad laboral de la que tanto habla y mandar al consejero delegado a vigilar una nave industrial doce horas durante la noche.
Seguro que le viene bien para conocer el negocio.
Yo, mientras tanto, estaré en mi casa, disfrutando de una actividad revolucionaria en la seguridad privada:
tener vida después del turno.
