El día que el sector de la seguridad privada demostró que está muerto

(Por Vigilante Enfurecido) – Ayer, 26 de noviembre, quedó demostrado algo que muchos sospechábamos desde hace años: en la seguridad privada ya no queda músculo, solo hueso. Y encima carcomido. Llevábamos semanas escuchando fanfarrias, audios épicos, “hay que ir a Madrid”, “esta vez sí”, “el sector despierta”. Pues ya vimos cómo “despierta”: con cien gatos contados delante de Aproser y miles de héroes de teclado escondidos detrás del WhatsApp. Vamos a lo que duele: el sector está roto, anestesiado y lleno de figurantes que critican mucho, pero pelean poco.

Los come-horas: los campeones del «yo paso de todo»

Esos que se ríen desde la garita mientras acumulan más horas que un piloto de Emirates. Los que viven en un turno eterno, dopados a café y autocomplacencia, creyéndose gladiadores porque hacen 300 horas en vez de moverse un día por sus derechos. Claro, para qué vas a ir a Madrid si tienes que fichar tu decimoquinta hora extra ilegal del mes. Prioridades, ¿no?

Los vigilantes reciclados

Los que vinieron huyendo de profesiones donde tampoco valían para mucho, pensando que en seguridad privada iban a encontrar estabilidad, respeto y reconocimiento. Pobres. Bienvenidos a un sector donde te pagan el SMI disfrazado de “profesionalidad”. Donde si levantas la voz, te cambian a un servicio peor. Y donde ayer, cuando había que poner un pie en la calle, prefirieron seguir opinando en silencio desde el sofá. Si no te mueves por ti, ¿quien coño lo hará?

Los sindicalistas domesticados

Ah, este es mi grupo favorito. Los adalides del derecho laboral que llevan años vendiéndonos por un bocata de mortadela y una foto con el jefe de recursos humanos. Los que firman convenios de risa, pactan subidas indignas y luego tienen los huevos de decir que “es lo mejor que se ha podido conseguir”. Claro, lo mejor para ellos, que viven liberados y calentitos, sin sufrir turnos, sin sufrir noches, sin sufrir nada. Ayer ni aparecieron, por supuesto. No fuera que se les despeinara la gomina.

Los desertores

Los que se indignan en redes, insultan a empresas, escupen fuego en los grupos, pero cuando llega la hora de ir a una concentración nacional… “uy, es que tengo cosas”, “uy, es que pago autobús”, “uy, es que no vale la pena”. Sí, claro. Luego eso sí: “no nos respetan”, “no se puede vivir así”, “nos toman por tontos”. Para que te respeten, hay que respetarse primero. Ayer quedó clarísimo quién se respeta… y quién se conforma con ser atrezo barato.

La verdadera foto del sector

Porque esta es la parte que más jode: los que fueron, los pocos, los escasos, los que cabrían en una cafetería grande, son mil veces más vigilantes que todo el resto del sector junto. Fueron sin apoyo sindical. Fueron sin promesas. Fueron sin miedo. Fueron sabiendo que podían perder un día de sueldo, un servicio o un cliente. Y mientras ellos sostenían la pancarta, a miles no les temblaba ni el pulso mientras sostenían el móvil para no hacer nada.

La patronal ayer brindó con cava

No porque ganaran nada nuevo. Sino porque vieron la realidad cruda: el sector protesta mucho en Telegram, pero en la calle no mete miedo ni a un semáforo en ámbar. Con esa “fuerza”, Aproser puede seguir durmiendo a pierna suelta. Pueden seguir ofreciendo el 12% en cuatro años, pueden seguir metiendo pluses donde les salga del Excel, pueden seguir apretando turnos y conciliación. Ya han visto que pase lo que pase… nadie se levanta del sofá.

La lección final

Ayer no fue solo un fracaso. Fue un espejo. Y lo que ese espejo refleja es duro: un sector agotado, desmovilizado y lleno de excusas. Pero también refleja otra cosa: que hay una minoría —ridícula en número, gigantesca en dignidad— que todavía está dispuesta a luchar. Y que lo hizo ayer sin esperar aplausos.

A los que fueron: respeto absoluto.
A los que no fueron: que no os oiga llorar en el próximo convenio. No tenéis derecho.

Porque ayer se vio quién es vigilante…
Y quién es atrezo.

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