(Por Enrique Gilabert Alejandre) – Durante años, miles de profesionales de la seguridad privada hemos trabajado en servicios complejos, exigentes y, en muchos casos, con una enorme carga física y psicológica. Sin embargo, nuestra profesión sigue sin ser considerada de riesgo a efectos de jubilación. Y la realidad en la calle es muy distinta a la que aparece en muchos despachos.
Hoy podemos encontrar vigilantes de seguridad de 60 años realizando servicios en infraestructuras críticas, estaciones de metro, refinerías, hospitales, grandes eventos o centros conflictivos, donde la capacidad de reacción física y mental es fundamental. Lo preocupante es que, muchas veces, lo único que se exige para ocupar esos puestos es tener una TIP en vigor, sin valorar realmente el desgaste acumulado tras décadas de servicio.
Porque este trabajo desgasta.
Desgastan los turnos rotativos.
Desgastan las noches.
Desgastan los descansos insuficientes.
Desgasta dormir de día y malvivir durante años.
Desgastan las comidas rápidas, los cambios horarios constantes y la tensión permanente de muchos servicios.
Muchos compañeros comenzaron en esta profesión con 18 o 20 años y han dedicado toda su vida a proteger instalaciones, transportes, personas y servicios esenciales. Han trabajado fines de semana, festivos, noches y situaciones de riesgo que afectan directamente a la salud física y mental.
Por eso, ya es hora de que el Ministerio correspondiente, ya sea Interior o Trabajo, ponga este debate encima de la mesa. La seguridad privada necesita una propuesta seria y realista que permita a los vigilantes de seguridad acceder voluntariamente a una jubilación flexible entre los 55 y los 65 años. Que cada profesional pueda decidir cuándo ya no se encuentra en condiciones óptimas para seguir desempeñando una labor tan exigente.
No hablamos de privilegios.
Hablamos de dignidad.
Hablamos de salud.
Hablamos de reconocer el desgaste real de una profesión esencial que lleva décadas sosteniendo parte de la seguridad de este país.
La pregunta es sencilla:
¿Cuántos años más vamos a seguir mirando hacia otro lado?