Héroes por ocho minutos

(Por Arturo DíazEl País ) – Son las 7.37. Miles de pasajeros se apretujan en las 10 plataformas de la estación de Atocha donde los trenes de cercanías van parando, atestados de viajeros. Por los andenes 1 y 2, donde se transborda a los convoyes que llegan a viajar por el corazón de Madrid, pasan 44.000 personas durante la hora punta matinal, entre las seis y las nueve. La aglomeración es tal que a las puertas de cada vagón hay vigilantes para controlar el flujo de los que se abren y los que pretenden subir. Sin ellos, los trenes no podrían partir hacia Chamartín.

Vigilantes de Seguridad en el 11-M

 

La estación de Atocha está vigilada por 125 guardias de seguridad. A cualquier hora del día o de la noche hay agentes de la empresa Segur Ibérica ayudando a los pasajeros, asistiendo a los ancianos que se caen en las escaleras mecánicas o reteniendo a carteristas. Quien más quien menos ha visto alguna vez arrollamientos, mujeres dando a luz en pleno andén y manifestaciones por los pasillos de Atocha. Son las 7.37. Un minuto, un segundo después, comienzan las explosiones en cadena . Las dos primeras, casi simultáneas, en los vagones 6 y 4 del tren parado en la vía 2, que todavía no ha abierto las puertas. La segunda, en el coche 5 de este tren que queda semidestruido. En pocos segundos, esta el convoy que espera via libre a la altura de la calle Téllez.

Ignacio Paños y su compañero Juan José París , están en su puesto del Centro de Control y Seguridad de la estación y lo ven todo en directo, estupefactos. Nada de lo que ocurre en ese momento se escapa al campo de visión de las 210 cámaras del circuito cerrado que domina todo el complejo ferroviario de Atocha. Ignacio y Juan José disponen de 22 pantallas en su consola. Son las primeras personas que toman conciencia de la magnitud de la tragedia.

Vigilantes de Seguridad en el 11-M

Ignacio y Juan José ponen en marcha el vídeo, llaman al 112 (emergencias) y empiezan a organizar el caos y el trabajo de los vigilantes. Tienen a 13 compañeros en los andenes 1 y 2: «todos están bien, aunque tras la explosión del quinto coche, José Rodríguez cae herido por la metralla», explica Ignacio . Los agentes que salieron del turno de noche a las 7.00, otros 13 guardias, se vuelven a poner el uniforme y echan a correr hacia el tren de Téllez. Luis Morán encabeza el equipo de vigilantes que trabajan en movimiento por la estación. Se tiran a los andenes atacados para asistir a los heridos. Son los equipos de primera intervención. Toda su actuación sigue los protocolos previstos.

El grupo de Luis llega al lugar a duras penas. » Iba en contra de una auténtica riada humana. Gente gritando que me tiraba de la ropa y mutilados que salían por su propio pie «, relata Morán. Abajo todo era humo, respiraban tapándose la boca con las corbatas. A ciegas llegan hasta el final del tren, donde sus compañeros del andén ya están socorriendo a los heridos. Un tren acababa de partir por la vía 1 antes de las explosiones y los vigilantes no habían tenido tiempo de cruzar los pocos metros que les separaban del tren que entraba cargado de bombas a punto de estallar. Cientos de personas les separaban del convoy, un parapeto humano que recibió los tornillos y clavos de la metralla. La onda expansiva arrojó a los vigilantes a la vía 1. Cuando se levantaron vieron a ras de andén los daños: » Gente tirada, con heridas horribles. ¡Salgan de aquí!, gritamos a los supervivientes «, cuenta José .

Vigilantes de Seguridad en el 11-M

José Rodríguez es uno de los guardias que estaban en los andenes. Había enviado un chiste a su mujer, Ana, por el móvil, poco antes de que todo ocurriera, «para empezar el día con humor» . Desde la quinta planta del hospital Clínico relata su peripecia: » Cuando se oyó la primera bomba, salté al quinto vagón para comprobar que estaba desalojado, y cuando bajaba, sentí un golpe que me tiró al suelo. Intenté incorporarme pero no podía. Tenía el pie izquierdo vuelto del revés; me estaba viendo la suela del zapato «. José supo que había sido una bomba: » Ese temblor del suelo, los cristalitos cayéndome encima, el humo y el olor a quemado «. un «europeo del este se me acercó, se quitó su bufanda y me hizo un torniquete «. José fue el único herido de los vigilantes de Atocha.

El guardia José Manuel Mayorga , estaba en la cabeza del tren, alejado de los primeros estallidos. Cuando la estampida de gente que huía cesó, » y sólo quedaron los muertos y heridos que no pudieron moverse «, Mayorga recuerda » el silencio que se hizo. Era horrible, como si el silencio fuera un sonido «. Igual que el resto de sus compañeros, intentó tranquilizar a los heridos más tumbas y comenzó a sacar gente de los trenes. Dentro de los vagones quedaron heridos y viajeros conmocionados, desorientados. Luis Morán reprime el llanto. Parece que está viendo todavía al chaval que sacó del tren. «No estaba herido. Decía que no quería bajar, que su tren no había llegado. Cuando le agarré con fuerza, me dijo que le ayudaría a despertar a su novia; cuando miré a su lado… «.

 

Ningún vigilante puede precisar el número de personas a las que repararon evacuar o los heridos que asistieron cortando hemorragias. » Muchos» , dicen ellos. «Cada segundo se perdía una vida, nuestra obsesión era sacar a todos los que pudiéramos» , afirma el guardia Morán , «porque podía haber más» . Así era. En el primer vagón, frente al que estaba José Manuel antes de la catástrofe, había una mochila que desactivó más tarde el Cuerpo Nacional de Policía. «Nadie pensó en retirarse, y sabían que se estaban jugando la vida» , asegura Ignacio .

Desde su puesto de control, los vigilantes Paños y París comprueban que la estación está prácticamente vacía «a los ocho minutos de las explosiones» . Es entonces cuando llega la policia y los servicios sanitarios, que toman el mando en Atocha. Los 39 hombres y mujeres de Segur Ibérica habían conseguido desalojar todo el complejo ferroviario, andenes y trenes » al 98%, con las entradas selladas «. En el vestíbulo, los guardias continuaron asistiendo a los heridos gracias a los cursos de primeros auxilios que muchos han seguido. Más guardias de la empresa acuden al lugar desde sus casas hasta que les mandan volver porque ya no eran necesarios.

 

Madrid In Memorian

Mientras, en la calle Téllez, el socorro de los vigilantes de Atocha es fundamental. «Los primeros uniformes que vieron allí las víctimas fueron los nuestros» . Más tarde, guiaron a los médicos hasta el tren, de acceso complicado, por las vías de servicio de Renfe. Los vigilantes desean que todo esto pase cuanto antes, que Atocha recupere el ambiente agradable de trabajo. Que se vuelva a tomar el tren sin ver los homenajes que les recuerdan la tragedia que han vivido. «Ir a trabajar con las 2.000 velas al lado se nos hace muy cuesta arriba» . Ignacio afirma que Atocha es hoy «una estación triste que tiene que recuperar cuanto antes su carácter alegre» .

José Rodríguez dice desde su cama de hospital que quiere volver a tomar el tren de Alcalá hasta Atocha. «Será lo primero que haga cuando salga; por todos esos que no podamos llegar» . 18 guardias de seguridad de Atocha están recibiendo asistencia psicológica. Sufren los efectos secundarios del heroísmo.

(Artículo publicado en el diario El País el 24 de marzo de 2004) 

 

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